Soy un escrito original. No quiero escribir igual que Arturo Pérez Reverte, Javier Marías, Matilde Asensi o Enrique Vila-Matas, y tampoco que mi novela negra parezca escrita por Henning Mankell, Lorenzo Silva, James Ellroy o Manuel Vázquez Montalbán.

No ser un escritor original es muy fácil, basta con hacer un pastiche de Agatha Christie y Dashiell Hammett, es decir, usar personajes estereotipados, mimetizar absurdos juegos tramposos de lógica detectivesca, y plagiar el estilo de algún escritor de éxito. Hay mucha gente que hace esto, muchos escritores profesionales lo hacen a menudo, y lo suelen hacer muy bien y producen novelas entretenidas que se leen en tres horas y se olvidan en cinco minutos. No es lo que yo quiero hacer.

Repetir lo que han hecho otros no tiene sentido. Es como copiar un cuadro de Velázquez, añadir un par de personajes nuevos y presentar el cuadro como una nueva obra original. A lo mejor es un cuadro muy bonito, pero preferiría mil veces una buena reproducción del original que esa nueva obra. Y no, eso no fue lo que hizo Picasso con Las meninas, Picasso hizo una cosa muy distinta que no tiene nada que ver con añadirle nada a una obra ya terminada y presentarla como algo original. No me parece divertido hacer algo así, y yo estoy escribiendo mi novela para divertirme, no para escribir una nueva versión de El halcón maltés, de El amigo americano o de Los mares del sur, así que no lo voy a hacer.

Ser un escritor original es muy difícil. Para ello tienes que encontrar una historia que no haya contado nadie, o un modo nuevo de escribir una historia que se ha contado muchas veces. Esto significa que quiero conseguir con mi novela lo mismo que Vladimir Nabokov con las suyas, pero sin ser Vladimir Nabokov ni ningún otro escritor que admire profundamente.

No hay muchas historias que no se hayan contado ya, o modos nuevos de contar las historias de siempre. Eso lleva tiempo. No tengo prisas. Cuanto más tardo, más me divierto escribiendo.

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