Mari Luz

28/03/2008

Cuanto más leo y veo sobre lo que le ocurrió a la niña de cinco años que un hijoputa pederasta secuestró y mató, menos me apetece continuar con mi novela.

En mi novela quería contar qué ocurre cuando un hombre, mi detective privado, reconoce en otras persona, su cliente, que lo que él hizo con su novia adolescente es algo horrible, reprobable, monstruoso. Para mostrar esto escogí lo peor que un ser humano puede hacerle a otro, pero la realidad, como siempre, hace que la ficción parezca… no sé, intrascendente, falta de sentido, estúpida.

Este soy yo

28/03/2008

La historia va a estar narrada sólo desde el punto de vista del protagonista y en tercera persona.

El argumento tiene chantajes varios, mentirosos pertinaces, enfermedades mentales, pederastas, incestos, corrupción policial, ONGs, violencia de género y accidentes de tráficos, entre otras cosas.

El protagonista sigue siendo un detective privado independiente. Está siendo chantajeado por un abogado/empresario al que considera responsable de la muerte de su padre (un policía corrupto que murió en su celda en extrañas circunstancias), ha traicionado la relación de confidencialidad que se establece con sus clientes, comienza a maltratar a su novia, que apenas es una cría de dieciséis años, y descubre accidentalmente que su actual cliente es un pedófilo.
El protagonista tiene tres clientes: el abogado/empresario que lo chantajea para que siga a un empresario supuestamente amigo, el suegro que lo contrata para que demuestre que el empresario amigo trató de asesinar a la esposa de éste, su hija, y el empresario mismo, que lo contrata para que revise las causas de un grave accidente de tráfico que ha sufrido su esposa. Parece complicado porque es complicado.

Voy a dedicar mucha atención a las verdaderas víctimas de mi historia, más que a los terribles acontecimientos que las han convertido en víctimas. Creo que las víctimas de mi proyecto de novela son:

  • La hija del empresario, brutal y repetidamente violada por éste cuando aún era una niña, que intentó suicidarse varias veces cuando vio que su madre no hacía anda para impedir los ataques de su padre, y que terminó fugándose de casa a los quince años, diez antes de que empiece mi novela.
  • La novia del protagonista, que vive con él desde que tenía trece años, lo que obviamente convierte a éste en otro pedófilo.

A veces he considerado la posibilidad de dar el mismo tratamiento de víctima a la esposa del empresario pedófilo, que tuvo un grave accidente de tráfico que le ha afectado en mucho su movilidad y sufre, además, una enfermedad mental que se acentuó tras este incidente, pero teniendo en cuenta que permitía que su esposo violase a su hija y no hizo nada al respecto, al menos en la época en que estos hechos ocurrieron, no la considero como tal.

La historia tiene lugar durante la primavera y el verano de un año indeterminado en la ciudad de Calima. La fecha exacta de la novela carece de importancia, así que tras descartar las décadas de los 80 y los 90 para situar los acontecimientos, lo más probable es que elija el año en que concluya, si lo logro, mi novela, a menos que retome mi estúpida idea de ambientarlo todo en los años 70, tal como intenté hacer, sin mucho éxito, al principio. En cuanto al lugar, Calima, es una ciudad costera imaginaria del sur de Europa que se parece mucho a Sevilla, el lugar donde vivo, y a Málaga, el lugar donde me gustaría vivir.

La novela no tendrá más de 300 páginas. Cuanto más corta, mejor. Odio las novelas de 500 o más páginas, casi todas están alargadas de manera artificial, podrías arrancarles un montón de páginas y no te perderías nada.

No me apetece contar ahora más cosas sobre el estado de mi novela, salvo que no tengo tiempo para ocuparme de ella, que no sé cómo debo afrontar el reencuentro entre el padre violador y su hija desaparecida, y que he perdido mucho tiempo especulando sobre el personaje de la novia adolescente de mi protagonista y sobre cómo acaba en la cama de un tío de cuarenta años con la aparente aprobación de su familia antes de darme cuenta de que no necesito contar esto para que se entienda lo que voy a contar, ya que la pederastia no es el tema sobre el que gira mi novela.

He encontrado este listado de capítulos al comienzo de un documento de Word medio escondido en mi disco duro:

  1. Raquel Ystad
  2. El cuaderno de Junot
  3. La llave
  4. Fotografías
  5. Sin respuestas
  6. La oferta del diablo
  7. Una historia inverosímil
  8. Doctor Becker
  9. La biblioteca secreta
  10. Huidas
  11. Un viaje por mar y aire
  12. Una escolta indeseable
  13. Identificación positiva
  14. El embajador
  15. Cabaret
  16. La casa de ladrillos
  17. Revolución
  18. Vistas desde el fin del mundo
  19. Un viaje por aire y mar
  20. La subasta
  21. Viejos hábitos
  22. Compras y ventas
  23. Disparos, explosiones, barriles de vino
  24. El mundo tal como no es
  25. Vivir para siempre

Se corresponde a lo que, hace casi dos años, llamaba Proyecto Número Uno. Iba a ser una novela de aventuras y misterio con templarios, millonarios locos, nazis que huyen de Europa, organizaciones secretas supuestamente milenarias, un agente secreto del Vaticano y una pelirroja pecosa cubana con mucha mala leche. Oh, y también el Grial de las novelas artúricas. Era una locura divertida a lo Juan Eslava Galán, pero más exagerado y absurdo.

Pornografía

26/03/2008


Porn? by ~cothapabac on deviantART

A finales del año pasado una amiga mía a la que también le gusta escribir me propuso un reto mientras tomábamos café en el bar de un hotel de cinco estrellas: escribamos cada uno de nosotros un cuento porno, me dijo, una de esas historias guarras que pueden leerse en internet, y mandémosla a uno de esos sitios para ver si nos las publican y cuál de ellas tiene más lectores. Era una idea tan estúpida que, por supuesto, acepté inmediatamente el reto porque, aunque estaba seguro de que mi amiga no hablaba en serio y jamás lo haría, que aquella ocurrencia era fruto del té o la infusión que fuera que estuviera tomando en vez de café, le gusta provocar a la gente con cosas pintorescas, absurdas disparatadas e inesperadas como esta de los relatos pornográficos, y luego se olvida de ellos.

Nunca he podido saber cuándo está pinchándome para reírse de mí o para reírse conmigo, cosa que siempre me ha fascinado y que no me deja en buen lugar.

Por si acaso continuaba hasta el final con su propuesta, yo escribí una historia muy larga con todos los tópicos del género que encontré durante una pequeña incursión exploratoria documentalista en internet: autosatisfacción, voyerismo, relaciones entre jóvenes y personas maduras, incestos, lesbianismo, tríos, dominación, fetichismo, bestialismo, escatología, bañeras, coches, disfraces… En fin, un montón de mierda que incluí en un argumento absurdo de película porno con personajes de película porno y descripciones de novela porno. Lo terminé a principios de enero, lo guardé en el ordenador y me olvidé de ello porque, tal como había supuesto,, se trataba de la típica provocación de mi amiga, que parece que tiene 13 años en vez de treintitantos.

Me he reencontrado con mi cuento mientras hacía una copia de seguridad de mis archivos en el ordenador. Tropecé con un documento de Word que tenía el nombre de Lo de [nombre de mi amiga], no recordaba qué era aquello, y cuando lo abrí y leí el primer párrafo me avergoncé muchísimo.

Por un segundo pensé en colgarlo en mi bitácora como un serial, pero no es algo que de verdad me apetezca hacer. Mi segunda opción fue enviarle a mi amiga un correo electrónico con el cuento adjunto, pero la deseché porque esa no es la clase de cosas que me gusta enviar a amigas casadas en trámites de separación o a amigas que podrían recordar cosas que ella hizo, o dijo que hizo, hace mucho tiempo y que yo no debería saber porque no me importa lo que hacen mis amigos en sus camas, lo que les gusta hacer y lo que les disgusta, pero que sé y que me pareció divertido incluir en mi relato. La tercera, enviar anónimamente el relato usando el nombre real de alguien que conozco y que me cae muy mal era demasiado ruin.

Borré el archivo de mi disco duro e hice la copia de seguridad de mis archivos, pero cuando fui a vaciar la papelera de reciclaje me lo pensé mejor y recuperé mi cuento pornográfico: es una mierda mal escrita llena de barbaridades, no tiene un ápice de originalidad, ni siquiera pensé en utilizar un recurso tan oportuno como el humor para mejorar el resultado final, sólo es otra exagerada muestra de esta clase de literatura internetera. Jamás se me habría ocurrido escribir algo así de no ser por mi amiga, y lo único que me apetece hacer con él es no hacer nada con él. Es mío, y esa es la única razón por la que lo he guardado y voy a olvidarme otra vez de él.

Le envié el siguiente correo electrónico a mi amigo Pe después de tener un sueño muy extraño:

Anoche soñé que Rosa tenía un niño y que yo tenía que matar a ese niño porque era un niño muy malvado que yo tenía que matar para que no acabara con el mundo, una especie de anticristo, y lo perseguía por un montón de sitios, en plan Matrix, pero la muy cabrona no dejaba que me lo cargase e intentaba matarme.

No sabrás si se casó al final y ha tenido un niño últimamente, ¿verdad?

Porque si acabo de tener alguna clase de sueño profético me voy a cagar patas abajo.

JMR

Me respondió que llevaba mucho tiempo sin ver a Rosa, que no sabía nada de ella y que según sus fuentes (debería darle vergüenza llamar fuente a su encantadora esposa) hace dos meses no tenía hijos ni parecía embarazada.

Lo peor que podría pasarle al mundo es que su destrucción, o no, dependiera de mí. Vaya peso me he quitado de encima.


Ser un aficionado al jazz tan desinformado e ignorante como yo es caro, muy caro, así que te contaré una historia que te servirá como ejemplo de lo que nunca debes hacer cuando empieces a comprar discos de jazz.

Hace unos años, pocos, llegó a mis manos un disco de John Scofield que se llama A Go Go. El nombre del disco era tan horrible como su portada, y nunca había escuchado nada de aquel hombre, pero en las paredes del Café Naima (el local de Mairena del Aljarafe, no el del centro de Sevilla) tenían colgada la portada de este disco como objeto decorativo junto a otros clásicos del jazz, y tenía tanta curiosidad por aquel desconocido que no me detuve hasta conseguir el cd.

Yo no sabía qué clase de jazz hacía John Scofield, ni siquiera sabía que tocaba la guitarra, y lo ignoraba todo de él, salvo que tocó un tiempo con Miles a principios de los ochenta, durante una de las épocas menos gloriosas del trompetista norteamericano. La guitarra nunca me ha parecido un instrumento muy jazzístico, considero que está indisolublemente unido al rock, y los únicos guitarristas de jazz que había escuchado y tenía en mi colección de discos eran el francés Django Reindhart, probablemente el primer músico europeo que pintó algo en el jazz; los norteamericanos Wes Montgomery, que murió demasiado joven después de revolucionar la manera en que se utilizaba la guitarra en el jazz, y Bill Frisell, el mejor guitarrista de jazz vivo y en activo; y el inglés John McLaughlin, un tío al que se le ha ido la cabeza y ha perdido el norte en más de una ocasión y que es muy irregular. ¿Había encontrado un nuevo guitarrista que me gustase?

Puse el disco. No leí los créditos, no leí los nombres de las canciones, sólo me senté cómodamente y escuché la música con atención, corte tras corte, y me gustó mucho, mucho, mucho, sobre todo la manera en que se combinaban la guitarra y los teclados en todos los temas.

Después de A Go Go, quería más música de Scofield, y removí cielo, tierra e internet en busca de otros discos suyos. Como era un disco del 98, pensé que tendría a mi disposición, siempre que pudiera encontrarlos en alguna tienda, muchos otros trabajos publicados antes y después del que me había gustado tanto, y no me equivocaba. En los meses siguientes escuche uno, dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis discos suyos anteriores y posteriores, pero ninguno me gustó tanto como el primero que escuché: los discos anteriores eran muy distintos, los escuchaba una, dos veces, y me tenía que esforzar mucho para recordar unas horas más tarde lo que acababa de escuchar; los posteriores sí eran parecidos a A Go Go, pero tendían hacia un pop facilón o a un rock insípido que hacían que me gustaran aún menos que los otros.

Y ahí estaba yo, cabreado conmigo mismo por el tiempo y el dinero malgastados en la música de un tío que a esas alturas ya consideraba yo el peor guitarrista de todos los tiempos, autor por azar de un disco magnífico llamado A Go Go que publicó casi diez años antes de que yo lo escuchase por vez primera tras descubrirlo colgado en la pared de un bar. Si yo no fuese tan obsesivo y completista con las cosas que me gustan (pelirrojas naturales del mundo, os sigo esperando), habría escuchado el jodido disco, lo habría puesto en el montón de cds que escucho a menudo, y seguido con mi vida y mi búsqueda de nuevos y buenos discos de jazz, pero en vez de eso, busqué otros discos desconocidos que no me gustaron, que me decepcionaron debido a las altas expectativas que tenía sobre ellos, y no me sentiría como el mayor idiota del mundo cuando recuerdo esta historia que, afortunadamente, tiene un final feliz e inesperado.

Un día, mientras escuchaba A Go Go por enésima vez, miré los títulos de crédito del disco y vi lo que había tenido todos aquellos meses ante mí y no supe ver: acompañando al peor guitarrista del mundo había otros tíos que no me sonaban de nada y no estaban presentes en otros discos de Scofield: un tal John Medeski que tocaba los teclados, un tal Billy Martin que tocaba el bajo, y un tal Chris Wood que le daba a la batería. Estos tres tenían a lo largo del disco muy buenas intervenciones, tanto en solitario como juntos, sobre todo el tal Medeski, el tío de los teclados, que le robaba todo el protagonismo, por su calidad, al guitarrista.

Investigué un poco. Resulta que estos tres hombres no eran sólo músicos de estudio. Llevaban juntos desde 1991, tocando por todos los Estados Unidos, y grabando desde 1993 para, entre otros, la mítica Blue Note. Eran un grupo muy consolidado, reconocido por la crítica más vanguardista, esa que piensa que el purismo y la tradición están bien, pero que es necesario evolucionar con los tiempos, y por un público más amplio que el habitual del jazz debido a sus devaneos electrónicos y funkies que han dotado a su trío de un sonido muy característico que Scofield logró llevar a A Go Go, pero no a lo que hizo después. Además de con Scofield, Iggy Pop contrató sus servicios para un disco que no tengo ni he escuchado (aún), y no era difícil ver a Medeski, sin duda el líder de la formación, tocando junto a genios de la talla de John Zorn (ya te explicaré un día quien es Zorn y por qué es imprescindible escuchar sus discos publicados bajo el nombre de Masada).

Llegué a la conclusión de que el extraordinario disco de Scofield podía ser tan bueno porque Medeski, Martin y Wood estaban en él, que tal vez no era tanto un disco del guitarrista como del trío que no conocía hasta ese momento, y que lo mejor que podía hacer era un comprarme un disco de estos tíos cuanto antes.

Así fue cómo terminé comprándome Friday Afternoon in the Universe, mi primer cd de MMyW. Fue un flechazo inmediato, e inmediatamente se convirtieron en mi trío de jazz en activo favorito, y esa es la razón de que, tarde o temprano, escriba más, y mejor, sobre ellos y sus discos.

Una curiosidad para terminar. Hace dos años MMyW llamaron al guitarrista malo para hacer un segundo disco juntos con la excusa del décimo aniversario de su colaboración anterior, A Go Go. La cosa se llamó Out Louder, me gusta más que A Go Go, y junto al cd viene un dvd con algunas canciones tocadas en directo por estos cuatro que está muy bien.

Moon. Glorious Moon. Full, fat, reddish moon, the night as light as day, the moonlight flooding down across the land and bringing joy, joy, joy. Bringing too the full-throated call of the tropical night, the soft and wild voice of the wind roaring through the hairs on your arm, the hollow wail of starlight, the teeth-grinding bellow of the moonlight off the water.

All calling to the Need. Oh, the symphonic shriek of the thousand hiding voices, the cry of the Need inside, the entity, the silent watcher, the cold quiet thing, the one that laughs, the Moondancer. The me that was not-me, the thing that mocked and laughed and came calling with its hunger. With the Need. And the Need was very strong now, very careful cold coiled creeping crackly cocked and ready, very strong, very much ready now—and still it waited and watched, and it made me wait and watch.

Jeff Lindsey

El caballo parecía aterrorizado. Sus crines estaban manchadas de sudor y sangre, y tenía los ojos desorbitados. Tristran se dio cuenta de que le salía un largo cuerno de marfil en medio de la frente. Se levantó sobre las patas traseras, relinchando y resoplando, y un casco afilado y sin herrar golpeó el hombro del león, que aulló como un enorme gato escaldado y saltó hacia atrás. Entonces, a distancia, empezó a rodear al asustado unicornio, con sus ojos dorados fijos todo el tiempo en el cuerno afilado que le apuntaba continuamente.

—Deténlos —susurró la estrella—. Se matarán el uno al otro.

El león rugió al unicornio. Empezó con un gruñido suave, como un trueno distante, y acabó como un bramido que hizo temblar los árboles y las rocas del valle y el cielo. Entonces el león saltó y el unicornio embistió, y el prado se llenó de oro, plata y rojo, porque el león había subido sobre la grupa del unicornio, con las garras bien aferradas a los costados y la boca junto a su cuello, y el unicornio chillaba y se encabritaba y se arrojaba al suelo intentando quitarse de encima al gran felino, sus cascos y su cuerno eran incapaces de alcanzar a su torturador.

—Por favor, haz algo. El león lo matará —dijo la chica.

Tristran le habría explicado que lo único que podía esperar, si se acercaba a esas bestias furiosas, era ser empalado, pateado, desgarrado y comido: y también le habría expücado que, aunque sobreviviera al encuentro, seguía sin haber nada que él pudiera hacer, ya que no llevaba consigo ni tan sólo la palangana de agua que era el método tradicional usado en Muro para separar a los animales que se peleaban. Pero cuando todos estos pensamientos hubieron pasado por su cabeza, Tristran ya estaba en medio del claro, a un brazo de distancia de las bestias. El olor del león era profundo, animal, terrorífico. Estaba lo bastante cerca como para ver la expresión de súplica en los ojos negros del unicornio…

Neil Gaiman