El caballo parecía aterrorizado. Sus crines estaban manchadas de sudor y sangre, y tenía los ojos desorbitados. Tristran se dio cuenta de que le salía un largo cuerno de marfil en medio de la frente. Se levantó sobre las patas traseras, relinchando y resoplando, y un casco afilado y sin herrar golpeó el hombro del león, que aulló como un enorme gato escaldado y saltó hacia atrás. Entonces, a distancia, empezó a rodear al asustado unicornio, con sus ojos dorados fijos todo el tiempo en el cuerno afilado que le apuntaba continuamente.

—Deténlos —susurró la estrella—. Se matarán el uno al otro.

El león rugió al unicornio. Empezó con un gruñido suave, como un trueno distante, y acabó como un bramido que hizo temblar los árboles y las rocas del valle y el cielo. Entonces el león saltó y el unicornio embistió, y el prado se llenó de oro, plata y rojo, porque el león había subido sobre la grupa del unicornio, con las garras bien aferradas a los costados y la boca junto a su cuello, y el unicornio chillaba y se encabritaba y se arrojaba al suelo intentando quitarse de encima al gran felino, sus cascos y su cuerno eran incapaces de alcanzar a su torturador.

—Por favor, haz algo. El león lo matará —dijo la chica.

Tristran le habría explicado que lo único que podía esperar, si se acercaba a esas bestias furiosas, era ser empalado, pateado, desgarrado y comido: y también le habría expücado que, aunque sobreviviera al encuentro, seguía sin haber nada que él pudiera hacer, ya que no llevaba consigo ni tan sólo la palangana de agua que era el método tradicional usado en Muro para separar a los animales que se peleaban. Pero cuando todos estos pensamientos hubieron pasado por su cabeza, Tristran ya estaba en medio del claro, a un brazo de distancia de las bestias. El olor del león era profundo, animal, terrorífico. Estaba lo bastante cerca como para ver la expresión de súplica en los ojos negros del unicornio…

Neil Gaiman

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